Por qué dilatamos las decisiones

Confrontados con decisiones difíciles que requieren tomar una posición sobre un tema de trascendencia real y práctica, o que implican una postura activa para nosotros, la mayoría de los seres humanos tendemos a postergar.
Evidentemente existen excepciones, pero si reflexionamos en la intimidad de nuestras respectivas conciencias y recordamos los temas recientes que en nuestra vida cotidiana implicaron una decisión de esta naturaleza veremos que casi siempre la postergamos; sobre todo si la decisión no tenía aparejado un incentivo poderoso para ser tomada en un cierto tiempo, como podría ser la existencia de una fecha límite.

¿Por qué postergamos?
Postergamos cuando, consciente o inconscientemente, percibimos que el “costo” de tomar la decisión, y de actuar en consecuencia, es mayor que el costo difuso de no hacer nada. Ello sin importar que el beneficio implícito en la decisión pueda ser elevado.
Analicemos dos factores que, entre otros, inciden en cómo y qué tan rápido tomamos decisiones y actuamos en consecuencias.
El primer factor es la forma en que se nos plantean las decisiones y uno de los elementos que más afectan es que las personas respondemos más a decisiones que se nos presentan de forma tal que percibimos que podemos derivar una parte del peso de sus consecuencias.
Consideren el siguiente ejemplo: en la mayoría de los países europeos, como ocurre en la ciudad de México, los departamentos de emisión de licencias de conducir son responsables de obtener el consentimiento de los conductores sobre si desean ser considerados como donadores de órganos. Sin embargo, las estadísticas sobre la efectividad para obtener el consentimiento varían de forma importante entre países con muy similares características culturales y demográficas: en Alemania, la aceptación a ser donadores es de 12%, mientras que en Austria es cercana a 100%; en Dinamarca, el dato es 4%, mientras que en Suecia es de más de 80 por ciento. ¿Qué provoca esta enorme variación? La respuesta es una aparentemente mínima diferencia en la forma de preguntar.
Mientras que en los países con menor respuesta positiva la pregunta es: “Si desea ser donador de órganos, marque este recuadro”; en los países con mayor tasa de respuesta, la pregunta es formulada como: “En caso de que NO quiera ser parte del programa de donación, marque este recuadro”. Existe consistencia en este patrón en muchos países europeos que reafirman este comportamiento.
De acuerdo con los estudios, en el segundo caso las personas perciben que la decisión de alguna manera ya fue tomada por ellos y simplemente la ratifican, mientras que en la primera forma perciben que el peso de la decisión recae completamente sobre ellos.
El segundo factor que incide en cómo tomamos la decisión, es el nivel de visualización que logramos sobre las consecuencias negativas o positivas de asumir la decisión. Si existe una muy clara visualización de las consecuencias y éstas son relevantes para mí, me veré más orientado a tomar la decisión que cuando no las he identificado, ni visualizo las consecuencias de tomarla.
¿Por qué es relevante entender cómo decidimos en lo que se refiere a nuestras finanzas personales? Porque de la manera en que nos plantean o nos planteamos las decisiones dependerá qué tan orientados estaremos a, por ejemplo, ahorrar. Y de la misma manera la forma en que hagamos el ejercicio de visualizar las consecuencias de nuestra decisión ayudará a tomarla y asumir el compromiso asociado con la misma.
A riesgo de provocarle una elevación en su de por sí alto nivel de estrés, construya y escriba un escenario negativo, futuro, en el que visualice qué pasaría si no prevé, si tiene percances financieros o familiares que afecten su capacidad económica. Ese será un poderoso incentivo para empezar ya a planear su retiro. También puede construir escenarios positivos, pero en muchos casos, créame, serán más fuertes los escenarios negativos que los optimistas. Un pesimista es un optimista bien informado.